por Dan Walker
El lugar donde nos reunimos es muy importante. Claro que no es tan importante como las piedras vivas que son cimentadas para formar la iglesia, pero aún así es importante. Me fascina ver con que frecuencia gente que piensa de la misma manera que nosotros en muchos aspectos diversos, se opone a mi énfasis de tener reuniones en casa. ¿Por qué sucede esto?
Creo que una de las razones es la súper espiritualidad. Estas personas dicen: que la iglesia organizada se preocupe de los edificios, nosotros vamos a preocuparnos de edificar el cuerpo de Cristo, y eso lo podemos hacer en cualquier lugar, en cualquier edificio. Esto suena bien, pero es completamente irreal.
Hace mucho tiempo que los arquitectos y consultores han concluido que los edificios y sus accesorios afectarán a las relaciones y el estado de ánimo de las personas. Uno piensa en el escritorio tradicional de un banquero y la silla del visitante, sentado en aquella silla el escritorio te llega casi al cuello, y te sientes muy pequeño e inferior al banquero. Vamos a usar otro ejemplo: supón que quieres tener una comunión cercana e íntima con tus hermanos. Vas a una iglesia ubicada en un edificio. Colocas las sillas en un círculo. Aún tienes que enfrentar los espacios abiertos que acaban con la intimidad, y hacen difícil el oír. Has conseguido luces fluorescentes por encima. Y décadas de adaptación cultural con los cuales lidiar. Cuando estás en un edificio, sueles pensar de manera institucional y formal.
Déjenme citar a un crítico que cree en la vida de iglesia, pero que piensa que no es importante el lugar en el cual ésta se reúna: “No creo que la respuesta radique en dejar los ‘edificios como iglesia’ a cambio de las ‘salas’. Tampoco creo que las sudaderas y los jeans sean más inherentes a una comunión y un ministerio efectivos que un traje de tres piezas y corbata. A mí me parece que aquellas propuestas simplemente cambian un ‘atuendo’ externo por otro. Probar que no existían los ‘edificios como iglesia’ en las primeras décadas de vida de la iglesia, no es probar algo. Tampoco habían automóviles, o teléfonos, o computadoras, o una prensa escrita… ¿Deberíamos también ver estos avances como perjudiciales para la vida de iglesia? ¿O será que el verdadero problema radica en la manera como usamos estas herramientas? Si el ‘edificio’ de una iglesia es adorado más que Aquél en cuyo nombre nos reunimos, de hecho que algo anda mal. Si ese es el caso, vender el edificio y aglomerar a las personas en una sala no ayudará a resolver el problema. Lo que se necesita es un cambio de corazón y de mente, y no de ubicación o de ambientación… es igual de fácil elaborar y perpetuar enseñanzas falsas, rituales infundados, y tradiciones sofocantes en una sala como lo es en un ‘edificio como iglesia.’ Y una persona puede ser tan ostentosa en unos jeans rotos y unas zapatillas gastadas como en un terno bien elaborado y unos zapatos bien lustrados.”
A continuación vamos a examinar una a una las proposiciones de arriba. La primera es, “No creo que la respuesta radique en dejar los ‘edificios como iglesia’ a cambio de las ‘salas’.” Esta es una verdad a medias y como todas las verdades a medias, es totalmente engañosa. Claro está, que cambiar los edificios como iglesia a favor de las salas no es la respuesta completa. Sin embargo, si es parte de la respuesta. De hecho, es parte necesaria de la respuesta (aunque no es suficiente en sí misma). Hablaremos más de esto luego.
Su segunda proposición es, “Tampoco creo que las sudaderas y los jeans sean más inherentes a una comunión y un ministerio efectivos que un traje de tres piezas y corbata.” En este punto, van a tener que perdonarme. Hasta ahora, he sido considerado, racional y moderado. Pero me rehúso a ser considerado, racional y moderado cuando alguien trata de defender las corbatas. Damas y caballeros, si quieren adquirir un poco de sabiduría que los bendiga por el resto de sus vidas, por favor escuchen esta verdad: ¡las corbatas son del diablo! (Por supuesto, aquí yo bromeo). Conozco un hermano que las llama “espíritu de estrangulamiento.” Algunas veces creo que tiene razón. El problema no es simplemente que aquella cosa sea completamente inútil; ya que en lugar de eso, es un mal positivo relacionado con la vida de iglesia. Su único propósito es estrangular la intimidad, y establecer la formalidad. De hecho, es parte del código ético de los abogados el que tienen que usar la ropa “apropiada” para no traer desprestigio a la profesión. ¿Alguna vez has visto a un abogado trabajando sin corbata? El propósito es establecer profesionalismo. El propósito es hacerte creer que él es competente, inteligente e importante. Su propósito no es que intimes con él. ¿Cuántas personas conoces que insistan en usar una corbata en la iglesia y luego vayan a casa y sigan usándola? No lo hacen. ¿Por qué no? Porque están con sus familias y no necesitan ser formales con sus familias. ¿Por qué los cristianos tienen que ser formales entre hermanos? Conozco muchas iglesias que empezaron maravillosamente, y luego se institucionalizaron. Es inevitable que en algún momento a lo largo del camino, se les pida a los líderes que usen corbata. Y es en este punto que debemos tener la certeza de que la iglesia ha muerto, de la misma manera que reconocemos que un paciente ha muerto cuando ya no hay ondas cerebrales.
Un tercer punto es, “Probar que no existían los ‘edificios como iglesia’ en las primeras décadas de vida de la iglesia, no es probar algo. Tampoco habían automóviles, o teléfonos, o computadoras, o una prensa escrita.” Y por supuesto que no hay nada malo con los carros o los teléfonos, éstos son moralmente neutrales y pueden ser usados tanto para bien como para mal, así como los edificios en los cuales funciona la iglesia. Este argumento tiene una validez superficial, pero es engañoso. Usualmente un edificio como iglesia no es “moralmente neutral.” No es una pieza de alta tecnología que puede ser usada para bien o para mal. Si los edificios como iglesia no son importantes, entonces ¿por qué los cristianos han gastado 180 billones de dólares en construirlos? Si crees que no son importantes, ve y pídele a un pastor tradicional que venda su edificio y entregue ese dinero a los pobres, en el nombre de Jesús, para que veas el tipo de respuesta que te da. De todo el dinero que los cristianos colocan en el alfolí, ¿cuánto se destina al evangelio, o a los necesitados? y ¿cuánto se destina a las cortinas, la alfombra, las sillas? ¿Cuántas divisiones de iglesia son causadas por disputas sobre el color de las alfombras, el lugar donde van los muebles, y otros problemas trascendentales? Todo el que lea esto sabe tan bien como yo que los edificios como iglesia de hoy no son más que un santo sepulcro, un falso templo sustituto del verdadero templo de Dios, el cual es el cuerpo de Cristo. La gente no se pelea por las computadoras, los automóviles, los teléfonos o por la prensa escrita. Sino que pelean por el edificio de la iglesia. ¿Por qué? Porque el edificio de la iglesia puede fácilmente convertirse en un objeto de adoración idolátrica.
Su cuarta declaración es “lo que se necesita es un cambio de corazón y de mente, y no de ubicación o de ambientación.” Este argumento descansa en el fundamento de la súper espiritualidad. Funcionaría si los seres humanos fueran espectros que flotan por la vida sin ser afectados por sus sucias sustancias alrededor. Pero desafortunadamente, nosotros los humanos somos influenciados por lo que nos rodea. Vamos a llevar este argumento hasta su extremo lógico. Supón que tienes un hermano que es despedido, está sin trabajo, sin hogar y es miserable. Le dirías, “¡hermano, lo que tú necesitas es un cambio de corazón y de mente, y no de ubicación y ambientación!”
No podemos divorciar nuestras actitudes y suposiciones de las influencias ambientales que nos moldean desde que somos muy jóvenes. De esta manera, si un niño asiste toda su vida a la iglesia en un edificio, más adelante él o ella concluirán que los edificios como iglesia tienen una posición santa delante de los ojos de Dios, como el lugar de reunión apropiado. Decir que debemos examinar nuestros corazones antes que nuestros edificios ignora la influencia recíproca que uno tiene sobre el otro.
Una quinta afirmación del crítico, “es igual de fácil elaborar y perpetuar enseñanzas falsas, rituales infundados, y tradiciones sofocantes en una sala como lo es en un ‘edificio como iglesia’.” Esto no es verdad. Aunque las enseñanzas falsas, los rituales infundados, etc. pueden ser fácilmente elaborados en una casa, no es cierto que fácilmente puedan ser perpetuados en una sala. ¿Por qué? Porque se necesita del Cristo vivo morando dentro de las personas para que la iglesia se mantenga viva, sin burocracia, ni ritual, ni edificios. Y tan pronto como la vida de Cristo es reemplazada por los sustitutos carnales, la iglesia en casa muere porque no hay burocracia, ni ritual, ni edificio que la pueda perpetuar. De hecho, tan pronto como el la humanidad carnal se traslada a una iglesia en casa, empezarás a oír llamados por una o más de estas tres cosas: pastores importados, edificios, y corbatas. ¿Por qué la necesidad de un edificio? Porque la humanidad carnal ama las ilusiones de permanencia, belleza y protección. Y si Jesús no está proveyendo estas cosas, las personas carnales y religiosas instintivamente empezarán a buscar el sustituto en un edificio. Esto no es para culpar al edificio por la muerte y la carnalidad, sino para decir que el edificio es la señal externa de la muerte y la carnalidad que hay dentro de el.
Y ya que seguimos con el tema de los edificios como iglesia, vamos a hablar acerca de los muebles dentro de los edificios de las iglesias. Por ejemplo, estos te posicionan para que tengas comunión con las cabezas de tus hermanos. Las bancas no promueven la intimidad, sino que en su lugar proveen de una fría formalidad. También cuestan una pequeña fortuna. Los púlpitos (atriles) llegaron con Martín Lutero. A él se le había otorgado el control de las antiguas catedrales católicas. Estaba predicando en una de éstas y necesitaba un lugar donde colocar sus notas, miró hacia arriba y vio en un pilar el pequeño estrado o púlpito que los sacerdotes católicos habían subido con la finalidad de leer los anuncios semanales. Lutero tomó el viejo altar católico y lo reemplazó con el púlpito protestante que hoy en día se usa ahora para que la persona que está detrás del mismo se sienta grande e importante. Está diseñado para impresionarte, al humilde que se sienta en el banco, para que no haga preguntas y para que no se duerma. Su sola presencia no permite el diálogo, ni la comunicación ni la comunión. En el AT, un altar era el lugar donde se llevaba a cabo un sacrificio. El AT presagiaba el sacrificio de Jesús en el NT, así que me parece a mí que el único “altar” en el NT es la cruz, sobre la cual Jesús fue sacrificado. Sin embargo, esto no detiene a las muchas iglesias institucionales que colocan pequeños reclinatorios en frente y a los cuales llaman “altares.” Y aún si fueran llamadas “bancas de oración” o algo parecido, afianzan la idea de que allí adelante está sucediendo algo diferente a lo que sucede en la audiencia. El altar es solo una pieza más de mueblería religiosa que refuerza el cristianismo espectador, del tipo que Watchman Nee dice que engendra “pasividad y muerte.”
Hasta ahora esta crítica de los edificios como iglesia se ha centrado en dos puntos importantes: sus gastos incontables y disipados y sus formas habituales como sustitutos idolátricos para la adoración de Cristo. Sin embargo, hay otras razones por las cuales deberíamos evitar los ‘edificios como iglesia’ como si fueran plagas. Una razón es que los edificios son dañinos para la vida de iglesia porque permiten que esta crezca a un tamaño que hace imposible tener una comunión íntima. Cuántas veces has escuchado a cristianos decir, “En los viejos tiempos esta era una iglesia maravillosa, cuando aún era pequeña, pero ahora no conocemos a nadie.” Una iglesia en casa nunca puede crecer tanto, porque no todo el mundo podría caber en la sala. (Lo cual significa, a propósito, que para que las iglesias en casa crezcan, deben dividirse y multiplicarse).
Otra razón es que ciertas prácticas normativas del NT no pueden se pueden llevar a cabo fácilmente en el escenario de una gran iglesia. Por ejemplo, la participación semanal de la cena del Señor (usando una sola copa y un solo pan), la participación en el banquete del Señor y la comunión mutua, son manejadas fácilmente en un escenario de iglesia en casa, pero no en grandes iglesias institucionales.
Una tercera razón para no tener edificios especiales es, la ausencia total en el Nuevo Testamento, de instrucciones para construirlos. Si obedecemos el mandato en Deut. 12:32, entonces no debemos añadir a la Palabra de Dios. Por tanto, es simplemente lógico asumir que si Dios quisiera que tuviéramos edificios, El lo habría ordenado en Su Palabra. Considera que todos los escritores de los evangelios y de las epístolas en el NT, con excepción de Lucas, participaron anteriormente en la adoración en el templo. Y es muy significativo que ninguno de ellos jamás construyera o instruyera a alguien a construir algún tipo de edificio cristiano. Esto incluye a Pablo, a Pedro y a Juan. Podemos decir, como mínimo, que es notable la ausencia de edificios especiales en el NT.
Finalmente, ¡nunca ha sido la manera de Dios el extender Su testimonio dentro de un edificio hecho con las manos humanas! Su método para extender Su testimonio es por medio de la carne, la sangre y los huesos del cuerpo de creyentes en Jesucristo, y no por medio de un edificio. Todo el libro de Hechos confirma esta verdad doctrinal. ¿Cuánto más debe sufrir el corazón de Dios viendo a Su cuerpo obrar de acuerdo al método judío de extensión de testimonio: confinando las principales fuerzas, los ministerios y la visión de Dios en un edificio. La comisión de Dios a Su iglesia es de ir a los perdidos en su ambiente, y ¡no invitarlos a un edificio! Debemos salir de esta mentalidad concentrada en el interior de un edificio hacia un ministerio real.
— Dan Walker El lugar donde nos reunimos es muy importante. Claro que no es tan importante como las piedras vivas que son cimentadas para formar la iglesia, pero aún así es importante. Me fascina ver con que frecuencia gente que piensa de la misma manera que nosotros en muchos aspectos diversos, se opone a mi énfasis de tener reuniones en casa. ¿Por qué sucede esto?
Creo que una de las razones es la súper espiritualidad. Estas personas dicen: que la iglesia organizada se preocupe de los edificios, nosotros vamos a preocuparnos de edificar el cuerpo de Cristo, y eso lo podemos hacer en cualquier lugar, en cualquier edificio. Esto suena bien, pero es completamente irreal.
Hace mucho tiempo que los arquitectos y consultores han concluido que los edificios y sus accesorios afectarán a las relaciones y el estado de ánimo de las personas. Uno piensa en el escritorio tradicional de un banquero y la silla del visitante, sentado en aquella silla el escritorio te llega casi al cuello, y te sientes muy pequeño e inferior al banquero. Vamos a usar otro ejemplo: supón que quieres tener una comunión cercana e íntima con tus hermanos. Vas a una iglesia ubicada en un edificio. Colocas las sillas en un círculo. Aún tienes que enfrentar los espacios abiertos que acaban con la intimidad, y hacen difícil el oír. Has conseguido luces fluorescentes por encima. Y décadas de adaptación cultural con los cuales lidiar. Cuando estás en un edificio, sueles pensar de manera institucional y formal.
Déjenme citar a un crítico que cree en la vida de iglesia, pero que piensa que no es importante el lugar en el cual ésta se reúna: “No creo que la respuesta radique en dejar los ‘edificios como iglesia’ a cambio de las ‘salas’. Tampoco creo que las sudaderas y los jeans sean más inherentes a una comunión y un ministerio efectivos que un traje de tres piezas y corbata. A mí me parece que aquellas propuestas simplemente cambian un ‘atuendo’ externo por otro. Probar que no existían los ‘edificios como iglesia’ en las primeras décadas de vida de la iglesia, no es probar algo. Tampoco habían automóviles, o teléfonos, o computadoras, o una prensa escrita… ¿Deberíamos también ver estos avances como perjudiciales para la vida de iglesia? ¿O será que el verdadero problema radica en la manera como usamos estas herramientas? Si el ‘edificio’ de una iglesia es adorado más que Aquél en cuyo nombre nos reunimos, de hecho que algo anda mal. Si ese es el caso, vender el edificio y aglomerar a las personas en una sala no ayudará a resolver el problema. Lo que se necesita es un cambio de corazón y de mente, y no de ubicación o de ambientación… es igual de fácil elaborar y perpetuar enseñanzas falsas, rituales infundados, y tradiciones sofocantes en una sala como lo es en un ‘edificio como iglesia.’ Y una persona puede ser tan ostentosa en unos jeans rotos y unas zapatillas gastadas como en un terno bien elaborado y unos zapatos bien lustrados.”
A continuación vamos a examinar una a una las proposiciones de arriba. La primera es, “No creo que la respuesta radique en dejar los ‘edificios como iglesia’ a cambio de las ‘salas’.” Esta es una verdad a medias y como todas las verdades a medias, es totalmente engañosa. Claro está, que cambiar los edificios como iglesia a favor de las salas no es la respuesta completa. Sin embargo, si es parte de la respuesta. De hecho, es parte necesaria de la respuesta (aunque no es suficiente en sí misma). Hablaremos más de esto luego.
Su segunda proposición es, “Tampoco creo que las sudaderas y los jeans sean más inherentes a una comunión y un ministerio efectivos que un traje de tres piezas y corbata.” En este punto, van a tener que perdonarme. Hasta ahora, he sido considerado, racional y moderado. Pero me rehúso a ser considerado, racional y moderado cuando alguien trata de defender las corbatas. Damas y caballeros, si quieren adquirir un poco de sabiduría que los bendiga por el resto de sus vidas, por favor escuchen esta verdad: ¡las corbatas son del diablo! (Por supuesto, aquí yo bromeo). Conozco un hermano que las llama “espíritu de estrangulamiento.” Algunas veces creo que tiene razón. El problema no es simplemente que aquella cosa sea completamente inútil; ya que en lugar de eso, es un mal positivo relacionado con la vida de iglesia. Su único propósito es estrangular la intimidad, y establecer la formalidad. De hecho, es parte del código ético de los abogados el que tienen que usar la ropa “apropiada” para no traer desprestigio a la profesión. ¿Alguna vez has visto a un abogado trabajando sin corbata? El propósito es establecer profesionalismo. El propósito es hacerte creer que él es competente, inteligente e importante. Su propósito no es que intimes con él. ¿Cuántas personas conoces que insistan en usar una corbata en la iglesia y luego vayan a casa y sigan usándola? No lo hacen. ¿Por qué no? Porque están con sus familias y no necesitan ser formales con sus familias. ¿Por qué los cristianos tienen que ser formales entre hermanos? Conozco muchas iglesias que empezaron maravillosamente, y luego se institucionalizaron. Es inevitable que en algún momento a lo largo del camino, se les pida a los líderes que usen corbata. Y es en este punto que debemos tener la certeza de que la iglesia ha muerto, de la misma manera que reconocemos que un paciente ha muerto cuando ya no hay ondas cerebrales.
Un tercer punto es, “Probar que no existían los ‘edificios como iglesia’ en las primeras décadas de vida de la iglesia, no es probar algo. Tampoco habían automóviles, o teléfonos, o computadoras, o una prensa escrita.” Y por supuesto que no hay nada malo con los carros o los teléfonos, éstos son moralmente neutrales y pueden ser usados tanto para bien como para mal, así como los edificios en los cuales funciona la iglesia. Este argumento tiene una validez superficial, pero es engañoso. Usualmente un edificio como iglesia no es “moralmente neutral.” No es una pieza de alta tecnología que puede ser usada para bien o para mal. Si los edificios como iglesia no son importantes, entonces ¿por qué los cristianos han gastado 180 billones de dólares en construirlos? Si crees que no son importantes, ve y pídele a un pastor tradicional que venda su edificio y entregue ese dinero a los pobres, en el nombre de Jesús, para que veas el tipo de respuesta que te da. De todo el dinero que los cristianos colocan en el alfolí, ¿cuánto se destina al evangelio, o a los necesitados? y ¿cuánto se destina a las cortinas, la alfombra, las sillas? ¿Cuántas divisiones de iglesia son causadas por disputas sobre el color de las alfombras, el lugar donde van los muebles, y otros problemas trascendentales? Todo el que lea esto sabe tan bien como yo que los edificios como iglesia de hoy no son más que un santo sepulcro, un falso templo sustituto del verdadero templo de Dios, el cual es el cuerpo de Cristo. La gente no se pelea por las computadoras, los automóviles, los teléfonos o por la prensa escrita. Sino que pelean por el edificio de la iglesia. ¿Por qué? Porque el edificio de la iglesia puede fácilmente convertirse en un objeto de adoración idolátrica.
Su cuarta declaración es “lo que se necesita es un cambio de corazón y de mente, y no de ubicación o de ambientación.” Este argumento descansa en el fundamento de la súper espiritualidad. Funcionaría si los seres humanos fueran espectros que flotan por la vida sin ser afectados por sus sucias sustancias alrededor. Pero desafortunadamente, nosotros los humanos somos influenciados por lo que nos rodea. Vamos a llevar este argumento hasta su extremo lógico. Supón que tienes un hermano que es despedido, está sin trabajo, sin hogar y es miserable. Le dirías, “¡hermano, lo que tú necesitas es un cambio de corazón y de mente, y no de ubicación y ambientación!”
No podemos divorciar nuestras actitudes y suposiciones de las influencias ambientales que nos moldean desde que somos muy jóvenes. De esta manera, si un niño asiste toda su vida a la iglesia en un edificio, más adelante él o ella concluirán que los edificios como iglesia tienen una posición santa delante de los ojos de Dios, como el lugar de reunión apropiado. Decir que debemos examinar nuestros corazones antes que nuestros edificios ignora la influencia recíproca que uno tiene sobre el otro.
Una quinta afirmación del crítico, “es igual de fácil elaborar y perpetuar enseñanzas falsas, rituales infundados, y tradiciones sofocantes en una sala como lo es en un ‘edificio como iglesia’.” Esto no es verdad. Aunque las enseñanzas falsas, los rituales infundados, etc. pueden ser fácilmente elaborados en una casa, no es cierto que fácilmente puedan ser perpetuados en una sala. ¿Por qué? Porque se necesita del Cristo vivo morando dentro de las personas para que la iglesia se mantenga viva, sin burocracia, ni ritual, ni edificios. Y tan pronto como la vida de Cristo es reemplazada por los sustitutos carnales, la iglesia en casa muere porque no hay burocracia, ni ritual, ni edificio que la pueda perpetuar. De hecho, tan pronto como el la humanidad carnal se traslada a una iglesia en casa, empezarás a oír llamados por una o más de estas tres cosas: pastores importados, edificios, y corbatas. ¿Por qué la necesidad de un edificio? Porque la humanidad carnal ama las ilusiones de permanencia, belleza y protección. Y si Jesús no está proveyendo estas cosas, las personas carnales y religiosas instintivamente empezarán a buscar el sustituto en un edificio. Esto no es para culpar al edificio por la muerte y la carnalidad, sino para decir que el edificio es la señal externa de la muerte y la carnalidad que hay dentro de el.
Y ya que seguimos con el tema de los edificios como iglesia, vamos a hablar acerca de los muebles dentro de los edificios de las iglesias. Por ejemplo, estos te posicionan para que tengas comunión con las cabezas de tus hermanos. Las bancas no promueven la intimidad, sino que en su lugar proveen de una fría formalidad. También cuestan una pequeña fortuna. Los púlpitos (atriles) llegaron con Martín Lutero. A él se le había otorgado el control de las antiguas catedrales católicas. Estaba predicando en una de éstas y necesitaba un lugar donde colocar sus notas, miró hacia arriba y vio en un pilar el pequeño estrado o púlpito que los sacerdotes católicos habían subido con la finalidad de leer los anuncios semanales. Lutero tomó el viejo altar católico y lo reemplazó con el púlpito protestante que hoy en día se usa ahora para que la persona que está detrás del mismo se sienta grande e importante. Está diseñado para impresionarte, al humilde que se sienta en el banco, para que no haga preguntas y para que no se duerma. Su sola presencia no permite el diálogo, ni la comunicación ni la comunión. En el AT, un altar era el lugar donde se llevaba a cabo un sacrificio. El AT presagiaba el sacrificio de Jesús en el NT, así que me parece a mí que el único “altar” en el NT es la cruz, sobre la cual Jesús fue sacrificado. Sin embargo, esto no detiene a las muchas iglesias institucionales que colocan pequeños reclinatorios en frente y a los cuales llaman “altares.” Y aún si fueran llamadas “bancas de oración” o algo parecido, afianzan la idea de que allí adelante está sucediendo algo diferente a lo que sucede en la audiencia. El altar es solo una pieza más de mueblería religiosa que refuerza el cristianismo espectador, del tipo que Watchman Nee dice que engendra “pasividad y muerte.”
Hasta ahora esta crítica de los edificios como iglesia se ha centrado en dos puntos importantes: sus gastos incontables y disipados y sus formas habituales como sustitutos idolátricos para la adoración de Cristo. Sin embargo, hay otras razones por las cuales deberíamos evitar los ‘edificios como iglesia’ como si fueran plagas. Una razón es que los edificios son dañinos para la vida de iglesia porque permiten que esta crezca a un tamaño que hace imposible tener una comunión íntima. Cuántas veces has escuchado a cristianos decir, “En los viejos tiempos esta era una iglesia maravillosa, cuando aún era pequeña, pero ahora no conocemos a nadie.” Una iglesia en casa nunca puede crecer tanto, porque no todo el mundo podría caber en la sala. (Lo cual significa, a propósito, que para que las iglesias en casa crezcan, deben dividirse y multiplicarse).
Otra razón es que ciertas prácticas normativas del NT no pueden se pueden llevar a cabo fácilmente en el escenario de una gran iglesia. Por ejemplo, la participación semanal de la cena del Señor (usando una sola copa y un solo pan), la participación en el banquete del Señor y la comunión mutua, son manejadas fácilmente en un escenario de iglesia en casa, pero no en grandes iglesias institucionales.
Una tercera razón para no tener edificios especiales es, la ausencia total en el Nuevo Testamento, de instrucciones para construirlos. Si obedecemos el mandato en Deut. 12:32, entonces no debemos añadir a la Palabra de Dios. Por tanto, es simplemente lógico asumir que si Dios quisiera que tuviéramos edificios, El lo habría ordenado en Su Palabra. Considera que todos los escritores de los evangelios y de las epístolas en el NT, con excepción de Lucas, participaron anteriormente en la adoración en el templo. Y es muy significativo que ninguno de ellos jamás construyera o instruyera a alguien a construir algún tipo de edificio cristiano. Esto incluye a Pablo, a Pedro y a Juan. Podemos decir, como mínimo, que es notable la ausencia de edificios especiales en el NT.
Finalmente, ¡nunca ha sido la manera de Dios el extender Su testimonio dentro de un edificio hecho con las manos humanas! Su método para extender Su testimonio es por medio de la carne, la sangre y los huesos del cuerpo de creyentes en Jesucristo, y no por medio de un edificio. Todo el libro de Hechos confirma esta verdad doctrinal. ¿Cuánto más debe sufrir el corazón de Dios viendo a Su cuerpo obrar de acuerdo al método judío de extensión de testimonio: confinando las principales fuerzas, los ministerios y la visión de Dios en un edificio. La comisión de Dios a Su iglesia es de ir a los perdidos en su ambiente, y ¡no invitarlos a un edificio! Debemos salir de esta mentalidad concentrada en el interior de un edificio hacia un ministerio real.