parte 1.
En estos días parece ser que la autoridad es un problema para los cristianos. Las personas escriben libro tras libro y sermón tras sermón acerca de quien tiene autoridad sobre quien y por que. Los profesores deben enseñar con autoridad, los esposos reclaman autoridad sobre sus esposas, los “pastores” necesitan autoridad sobre sus “ovejas.” No podemos hablar de la iglesia sin concentrarnos en el gobierno de la misma. Parece que somos incapaces de pensar en el matrimonio sin preguntar quien tiene la autoridad en el mismo. Y ni siquiera podemos escuchar la Biblia a menos que primero hayamos oído la última palabra acerca de su autoridad. Al parecer es un problema.
Talvez el problema sea mayor en Estados Unidos porque usualmente no pensamos en nosotros mismos como sujetos a autoridad alguna. Pensamos en nosotros mismos como “libres”, capaces de hacer lo que queramos aún cuando nuestras vidas están compuestas por personas y estructuras que demandan nuestra obediencia. El oficial de policía en la esquina y la Superintendencia Tributaria tienen autoridad. La autoridad no es simplemente la habilidad de obligar a otra persona. Eso se llama “poder” y éste es compartido tanto por policías como por ladrones. Sin embargo, solamente el policía tiene “autoridad” – la legítima habilidad moral para obligar a otro. De hecho, esa es la noción usual que tenemos de la autoridad – la habilidad legítima de obligar a otro, respaldado (de ser necesario) por la fuerza. Pero esta noción usual no funciona cuando hablamos dentro del contexto cristiano, porque Jesús y Sus discípulos tenían una visión muy diferente de lo que es autoridad.
En estos días parece ser que la autoridad es un problema para los cristianos. Las personas escriben libro tras libro y sermón tras sermón acerca de quien tiene autoridad sobre quien y por que. Los profesores deben enseñar con autoridad, los esposos reclaman autoridad sobre sus esposas, los “pastores” necesitan autoridad sobre sus “ovejas.” No podemos hablar de la iglesia sin concentrarnos en el gobierno de la misma. Parece que somos incapaces de pensar en el matrimonio sin preguntar quien tiene la autoridad en el mismo. Y ni siquiera podemos escuchar la Biblia a menos que primero hayamos oído la última palabra acerca de su autoridad. Al parecer es un problema.
Talvez el problema sea mayor en Estados Unidos porque usualmente no pensamos en nosotros mismos como sujetos a autoridad alguna. Pensamos en nosotros mismos como “libres”, capaces de hacer lo que queramos aún cuando nuestras vidas están compuestas por personas y estructuras que demandan nuestra obediencia. El oficial de policía en la esquina y la Superintendencia Tributaria tienen autoridad. La autoridad no es simplemente la habilidad de obligar a otra persona. Eso se llama “poder” y éste es compartido tanto por policías como por ladrones. Sin embargo, solamente el policía tiene “autoridad” – la legítima habilidad moral para obligar a otro. De hecho, esa es la noción usual que tenemos de la autoridad – la habilidad legítima de obligar a otro, respaldado (de ser necesario) por la fuerza. Pero esta noción usual no funciona cuando hablamos dentro del contexto cristiano, porque Jesús y Sus discípulos tenían una visión muy diferente de lo que es autoridad.

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